Todo es propaganda, todo es discurso

No somos inmunes a la propaganda. Idea tan sencilla, pero tan pasada por alto por nuestra mente y la atención política que le ponemos a los asuntos de la vida pública, es hoy un urgente llamado a comenzar a transformar nuestra visión: no somos inmunes a la ideología, y al olvidarnos de esto, nos volvemos el blanco fácil de la propaganda, que engullimos y masticamos hasta atragantarnos, formulando una realidad tan distorsionada, tan extraña y tan personal, que nos perdemos en ella. En algún momento tal vez aparezca en nuestra cabeza la duda ¿puede ser que esté equivocado? pero existen múltiples mecanismos que nos mantendrán alejados de tan peligroso pensamiento: los algoritmos filtraran la información de tal manera que parezca siempre que la realidad nos da la razón, la gente que seguimos y escuchamos en redes sociales y medios de comunicación opinaran o exactamente igual que nosotros para saber que debemos escucharlos, o diametralmente diferentes para que no nos cause curiosidad lo que dice, sino mejor asco, así la única reacción posible, es extraer alguna oración o punto para poder ridiculizar o insultar, con la esperanza de generar el aval de mis compañeros de consumo propagandístico. ¿Acaso esta no es la lógica que convirtio twitter en lo que es ahora?

Pero la situación es, como suelen ser, es muchísimo más profunda: el ciudadano moderno, la civilidad que los Estados modernos parecen necesitar construir para la tan anhelada estabilidad institucional, es un ciudadano que esté acostumbrado a este tipo de consumo propagandístico, que pueda odiar, amar o canalizar cualquier sentimiento o sensación que le produzca el estado actual de las cosas, a través de este consumo de la manera más limpia posible, para simplemente encauzarlo en el status quo de manera prolija y controlada. Lo importante es que creamos en algo, para no necesitar pensar en todo. Y no pretendo desbancar o desmerecer la profundidad de los estudios sobre ideología y propaganda que abundan en todas las disciplinas de las ciencias sociales, este no es un proceso ni nuevo ni característico de un tiempo o sociedad. Pero parece que en tiempos de algoritmos omnipotentes y big data omnipresentes, nos solemos olvidar las inmortales palabras de Zizek: ya estamos comiendo de este basurero, que se llama ideología. Un basurero, que con la capacidad de esparcirse lo suficiente, puede llevar a los horrores de la muerte, el genocidio, la exclusión y las más atroces expresiones de la violencia. Nos acordemos de los peligros que todo esto implica, y no nos hagamos más los tontos con el rol que cumplimos en ellos.

Aunque este sea un urgente llamado al uso del pensamiento crítico, la situación es mucho más compleja. Yo soy como muchos un victimario más de esta perversa lógica. Mi twitter, como el de muchos, es muestra de ello: llamaradas de bilis cargadas de odio hacia cualquiera que piense diferente a mi. Cómo llegamos hasta acá, es otra historia, sagazmente ejemplificada por @gefilterjoey en “A nadie le interesa tu opinion”, pero mi propio ejemplo me sirve como el tipo-ideal Weberiano de la contradicción que ahonda en nuestros seres digitales: acalorados llamamientos a la razón por parte de la misma turba que alimenta el bullicio en el que se convirtió nuestra convivencia digital.

La teoría Laclaudiana tiene herramientas que tal vez nos ayuden a entendernos a nosotros mismos, en este caso, a mi mismo, y en los demonios que hemos alimentado. Internet es hijo directo de la hegemonía de la posverdad. Sus efectos hegemónicos atraviesan cada parte de la forma que toma el discurso en la virtualidad, el sujeto de esta filosofía no somos nosotros, es la maraña de realidades que el mundo digital puede contener, sin eje ni impulsor más que la masividad que pueda conseguir. Masividad que, por cierto, se puede comprar. Algunas veces nos olvidamos lo artificiales y mundanos que pueden ser las entidades de los decadentes influencers, pero no podemos perder de vista su inmenso poder: su autoridad les permite configurar, replicar e intervenir en los sentidos de los discursos públicos, de maneras que ni el mismísimo Laclau podría haber imaginado. Y esto, tiene efectos determinantes en la forma del discurso. Todo discurso es ideología, el argentino afrenchutado acepta su uso como sinónimos en tanto todo uso de palabras y sentidos, responde a una construccion ideologica coyunturalmente ubicada: yo no te digo gorilon cabeza de termo por aludir a un primate con cabeza de herramienta para meriendas, lo digo porque tiene un sentido específico en un discurso que causa efectos diversos en los actores que lo reciben. Cualquier alusión a la legalidad o a la racionalidad de un postulado, en el mundo discursivo tan solo es un intento de defensa de mi discurso, que puede ser tan verosímil como ridículo, tan real y aceptado como rechazado o ignorado (a ESTO, se refiere cuando se habla de que “no hay verdad”, no es un rechazo de la realidad objetiva como algún que otro limado que reniega de los “posmodernos” trata de hacernos creer, sino de mostrar el carácter configurativo de la realidad que habilita o no el lenguaje).  

Ahora, cuando la capacidad de influir en ese juego del lenguaje la tenemos todos al alcance de una red social y acceso a internet, como se configura este discurso? Esta debe ser la gran pregunta que la comunicación social debe responder, pero aquí solo tratamos de señalar algunas cuestiones. Con esta forma que adoptan los intercambios y los sentidos en los discursos, los Influencers y las cuentas con grandes alcances adquieren una nueva forma de poder: toman los elementos flotantes (osea, los “temas”) del discurso en algún sentido específico (puede ser, por ejemplo, el elemento feminismo con el sentido específico que adopta el feminismo interseccional o el abolicionista) y al “usarlo”, casi de forma literal, mencionado y haciendo referencias, construyendo equivalenciales (acercando el feminismo a otros sentidos que lo van volviendo equivalente), lo que se da es un proceso de reconfiguración: construyo lo que significa, a la vez que lo uso. Así es como algunas ideas que comienzan apelando a poca gente, que se construyen dentro de ciertas tradiciones ideológicas muy específicas, pueden terminar siendo masivas y apelando a cuestiones que en un principio podrían ser lejanas, pero que en el proceso configurativo de sentido terminan adquiriendo equivalencias de lo más alocadas (tan solo un acercamiento a este fenómeno, es que los emojis de un delfín, el símbolo nuclear y un alien pueden hacer referencia a un tipo de comunismo trotskista muy específico. Para más información googlear Posadismo).

¿Pero que carajo tiene que ver todo esto con la propaganda? Bueno, TODO. Al quitar el monopolio del manejo de sentidos que tenían los famosos, los medios masivos de comunicación y la política en el pasado y habilitar a una multiplicidad de actores a participar del juego de la significación (que pueden ser desde el más rancio influencer que hace canjes de termotanques hasta la más alocadas posiciones políticas anarco-fasci-libertarias), entonces la propaganda, entendida como la herramienta para propagar ideas con la intención de que el receptor actúe o piense de una manera en específico, ya no puede ser el póster con el logo del gobierno que te dice que tenes que odiar a los Judíos, ahora la propaganda debe estar en todos lados. Ya no puede ser solamente un producto, ahora debe ser un modo de interpretar las cosas. Ahora la propaganda se vuelve un efecto, no un objeto cuantificable. Un efecto que aparece y se multiplica mediante la viralidad de miles de tuits, posteos de Facebook o historias de Instagram. Un efecto que tiene su propia lógica estética (tema ya tocado en este blog) y que se adapta a cualquier medio o persona: solo necesita una audiencia, un público que la reproduzca. Todos nos volvemos parte de la misma cuando compartimos contenido, cuando comentamos con insultos o alabanzas un texto, un tuit, una foto con un sentido específico. Ni Debord con su Sociedad del Espectáculo ni Walter Benjamin podrían haberse imaginado esto: el consumo devenido en propaganda en sí mismo. 

Está claro que la respuesta no pasa por dejar de lado las redes, en una suerte de anarco-primitivismo comunicativo que nos aliente a dejar atrás lo que ya no se puede abandonar porque se volvió parte de nosotros como sociedad. Tampoco creo que se trate de una cuestión voluntaria, porque todos tenemos derecho a apoyar lo que creemos justo o necesario: en este sentido, la propaganda y este proceso no es algo necesariamente malo. Pero lo que sí nos obliga a repensar esta situación, es que no podemos seguir con la mentalidad del pasado. Las fake news son la muestra más ilustrativa de los débiles que podemos ser ante esta lógica, buscan crear indignación/apoyo, cualquier sensación, de manera rápida, aludiendo a una mentira e invocando la autoridad de algún medio o persona, mientras nos lo tragamos sin problemas. No podemos, o al menos no debemos, responder más a esa lógica de indignación facil y rapida, de viralidad sencilla y barata. Es en este punto, que debemos repensar nuestra relación con las redes ¿acaso no soy yo una víctima victimaria más de este problema con mi bilis de tuiter? ¿acaso vos no hiciste lo mismo hace un rato cuando subiste a tu historia de Instagram pruebas de que los Masones coordinaron el COVID19 para controlar el mundo? Algunos disparadores que podrian aportar a la construcción de una nueva conciencia del discurso:

  • Cada red tiene su propia lógica, pero en las que incentivan a que construyamos perfiles personales: ¿como me estoy construyendo en esta red? ¿a que equivalencias (Estéticas, políticas, culturales) busco referenciar?
  • ¿Porque comparto lo que comparto? ¿Que se supone que estoy buscando con esto?
  • ¿Porque insulte, menosprecie o descalifique a x persona? ¿Que efectos busco con eso?
  • ¿Cuando fue la última vez que fue mi voz, no la de alguien más, la que decía lo que pienso?
  • ¿Porque x narrativa, de alguien, siempre parece tener tanto sentido?

Aun así, creo que este es un fenómeno mucho más complejo, tampoco busco crear un guia sobre el pensamiento crítico en tiempos de la hegemonía de Facebook, ni creo que nadie pueda hacerlo de manera total. Pero si propongo el que creo es un paso hacia la dirección correcta: repensar la propaganda desde la lógica (esperemos, cada vez más consciente) de los discursos, en la época naciente de la humanidad digital. Tampoco toque el que creo es la principal herramienta de este fenómeno: los memes. Pero nos queda mucho tiempo, para seguir desarrollando este tema, y que no les quede duda, que desde esta humilde pagina seguiremos en esa dirección.

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